“Escarlata”
Fue una mañana llena de luz y de brisa helada de primavera. Su pieza estaba paralizada en el silencio de los días laborales. Sonó el despertador rompiéndose el cuadro estático imperante. Abrió sus ojos y tomó conciencia del nuevo día. 7:05. Abrió su cama, se levantó y con los ojos semiabiertos encendió el televisor.
Se sintió cansado por el trabajo de los meses anteriores. Se sentó y bostezó largamente, sintiendo el placer único del despertar. Se puso de pie y caminó hacia el closet. Se mantuvo inmóvil eligiendo la ropa que vestiría. Sacó del armario las prendas escogidas, dejándolas sobre la cama, a un costado de las toallas que usó aquel día. Caminó hacia la cocina por el largo pasillo alfombrado. Tomó un fósforo. Corrió la manilla del calefont y lo encendió. Se devolvió por el pasillo. Entró en su cuarto y recogió en un solo paquete sus ropas y toallas. Caminó hacia al baño por el pasillo opuesto. Penetró en él, dejó en el suelo embaldosado lo que traía en las manos y se desvistió. Se miró al espejo. Indefenso y vulnerable, pensó en su vida, en su existencia, en su destino. Totalmente desnudo ingresó en la ducha y cerró la cortina. Dio vueltas a la llave y cayó el agua transparente con toda su potencia. Su cuerpo se cubrió completamente de agua y vapor. Cerró sus ojos y pensó. Pensó en el trabajo que le esperaba. Pensó en su mujer. –Aún debe estar durmiendo- se dijo. Pensó en el daño que le había causado, pensó en su dolor. El sonido de las bisagras interrumpió sus meditaciones. Abrió sus ojos y esperó atento. Estupideces. Cerró sus ojos. Pensó en lo que haría durante el día. Sintió la presencia de alguien más. Una brisa externa cortó las masas de agua suspendidas en el espacio. La puerta se cerró de golpe. Abrió nuevamente sus ojos, asustado. Se corrió la cortina del baño. Una mujer estaba de pie frente a él. Traía en su dedo un viejo anillo conocido, olvidado. Lo miró a los ojos. Él, impávido y resignado a su suerte, reconoció la rabia y el dolor encarnados en los rayos de su mirada. El agua continuó fluyendo con un color rojo escarlata.
Las gotas acuchillaron el verbo, desviando la vida por las ramificaciones del tiempo.
Habría cortado el agua, dando vueltas a la llave. Luego, se habría vestido con la ropa que había elegido momentos atrás. Caminando, se habría dirigido a su pieza, y luego de apagar el televisor habría tomado sus llaves, su abrigo y su bolso de trabajo. Antes de atravesar el umbral, se habría detenido frente al espejo cerciorándose de su buen aspecto. Habría caminado por el pasillo alfombrado y, al entrar en la cocina, habría apagado el calefont cerrando la válvula del gas. Hubiese pensado: ¿No se me olvida nada? Hubiese salido de su departamento cerrando la puerta principal con llave. En seguida, buscaría su auto con la mirada, entraría en él y lo haría andar. Habría conducido por el camino habitual, desviándose sólo unas cuadras antes de llegar a su oficina. Esa mañana en el baño lo había planeado. En un par de minutos divisaría su antigua casa donde ahora sólo vivía su esposa, su antigua mujer. Se hubiese estacionado frente a la fachada. Hubiese tocado la puerta. Ella lo habría recibido con los ojos semiabiertos y con un anillo viejo en su dedo. Él, con los ojos mirando al suelo, hubiese pedido finalmente el perdón.
Fernanda.